El 16 de abril de 1582 Hernando de Lerma fundó la ciudad de Salta. Pero ese logro está teñido de violencia, usurpación y despotismo. Ponerlo bajo la lupa es un acto de justicia histórica para las víctimas de su poder.
Aunque su nombre está asociado a la fundación de Salta, el contexto no fue heroico: la ciudad se fundó en un clima de presión, despojo y resistencia indígena. Las investigaciones recientes lo describen dentro de la lógica colonial de codicia y brutalidad. Los documentos históricos lo califican como un gobernante «tiránico», cuya «administración no fue sino una serie de crímenes».
Para comprender las aberraciones que hizo, necesitamos ponernos en contexto con la historia:
Llegada a América y objetivo principal
Hernando de Lerma nació en 1541 en Lerma (Burgos, España). Estudió Derecho en la Universidad de Salamanca. Gracias a sus contactos en la corte de Felipe II consiguió el nombramiento como gobernador de la Gobernación del Tucumán el 13 de noviembre de 1577.
El mandato que se le encomendó respondía a los intereses de la corona española: asegurar el dominio en la región del Tucumán, controlar el flujo de metales preciosos -especialmente la plata de Potosí- y fundar una ciudad que sirviera de escala estratégica en la comunicación entre el Virreinato del Perú y el Río de la Plata.
Aunque fue nombrado en 1577, Lerma asumió realmente el mando algunos años más tarde -las fuentes indican que arribó al territorio en junio de 1580-. A partir de este momento comenzaron sus primeros actos perversos.
El choque de poder y la detención de Abreu
Cuando Lerma arribó a Santiago del Estero (capital de la gobernación) el 16 de junio de 1580, asumió el mando e inmediatamente puso en marcha una operación contra su antecesor, que en ese momento era Gonzalo de Abreu y Figueroa, militar y conquistador nacido en Sevilla en 1530. Abreu fue gobernador de la provincia del Tucumán desde aproximadamente 1574 hasta 1580.
Según las fuentes, Lerma fingió sumisión a Gonzalo de Abreu y envió una avanzada de hombres -algunos de ellos su propio hermano o de su entorno- bajo el pretexto de saludo o reconocimiento, pero el verdadero propósito era la captura de Abreu.
La orden de apresar a Abreu se ejecutó sin que este pudiera defenderse: fue sorprendido, arrestado y luego mantenido en prisión bajo durísimas condiciones, entre ellas escasez de agua y comida.
Durante casi nueve meses Abreu estuvo preso, sometido a torturas. Relatos recogidos indican que, en sus últimos días, fue colgado por las manos durante una noche entera, y que se le colocó un peso considerable (aproximadamente 136 kg) en los pies, lo que le rompió venas y produjo desgarramientos internos. Luego lo dejó agonizar durante cinco días y finalmente murió.
Mientras tanto, Lerma se apropió de los bienes de Abreu como si él mismo fuese su heredero: propiedades, vajilla, ganado, caballos, armas, joyas, vino, vestimentas, entre otros.
Además, para justificar la muerte y cubrir su responsabilidad, forzó una confesión bajo tortura de una indígena y promovió la versión de que la misma había envenenado a Abreu. Luego emitió un certificado de defunción falso e informó al rey desde Lima (o desde su jurisdicción) del supuesto envenenamiento.
La familia de Abreu quedó empobrecida y sin sus bienes. Su hijo Juan de Abreu denunció que Lerma «había robado los bienes de su padre».
La reputación de Abreu, ya golpeada por sus propios excesos, quedó manchada y luego su muerte pasó a la leyenda como un ejemplo de la violencia colonial interna. La familia quedó bajo el dominio del nuevo gobernante sin recursos.

Fuente: Que Pasa Salta
